La relación con mi pareja, luego de 4 años, está a punto de acabar, parece que de manera definitiva. No se trata de otra crisis pasajera (de las cuales hemos tenido varias a lo largo de este tiempo), ni de un asunto de infidelidad descubierta, aunque sí existe un tercero, y es a él a quien culpo por todos los daños, centrales y colaterales, que ha padecido mi relación en el último año y medio. Desde hace muy pocos meses que le puedo poner un nombre, y desde hace todavía menos que asumí que jamás desaparecerá por completo de mi vida. Me equivoqué al pensar que sabiendo quién era me dejaría tranquila. No sabía, hasta ahora, que es un enemigo siempre al acecho; bajé la guardia ingenuamente y permití que destrozara la relación más importante y profunda que he tenido.

Las mujeres, como bien apuntan los doctores James Huston y Lani Fujitsubo en “Vivir con Trastorno Disfórico Premenstrual (PMDD)” (Neo Person Ediciones, 2003), tendemos a definirnos a través de nuestras relaciones con otras personas, y sufrimos mucho más que los hombres cuando una relación se deteriora. Diariamente, quienes padecemos el PMDD nos relacionamos con nuestras parejas, hijos, familiares, amistades, compañeros de trabajo… por lo que las severas alteraciones y cambios anímicos que el PMDD provoca en nosotras alteran de manera significativa y profunda la calidad y la “normalidad” de tales relaciones.

Yo desconocía la existencia del PMDD, e incluso después de saber que lo tenía, no imaginé jamás que las consecuencias del mismo producirían efectos tan negativos no sólo en mí, sino en las personas verdaderamente importantes en mi vida. Esto va más allá de un simple cambio de humor unos días antes de la regla, de que te vuelvas un poco o muy insoportable, o de un poco de melancolía, como iremos viendo a lo largo de las publicaciones en este blog.

Espero que hablar del PMDD nos ayude a todas a comprender mejor este trastorno, a saber que no estamos solas y a pedir ayuda profesional para aprender a vivir con él.